Si esperas encontrar aquí alguna sugerencia sobre Hoteles de lujo, destinos de ensueño o planes de viaje llenos de grandes comodidades…siento decepcionarte, pero mi pequeña reflexión de hoy va de otro tipo de lujo.

El lujo de perder tiempo.

Si incluso en el día a día necesitamos, de vez en cuando (y nos permitimos) momentos de ’stand by’, qué mejor momento para parar, que el paréntesis de un viaje?
Tómate el tiempo de disfrutar de un lugar, permítete el lujo de no tener nada que hacer.

Demasiadas veces estamos fuera, para estudiar, para trabajar, y nos dejamos llevar por el ritmo de nuestros compromisos, por la costumbre de ir corriendo a todas partes.
Incluso cuando estamos de viaje: nos marcamos unas rutas imposibles, queremos verlo todo de una ciudad en un par de días, nos desplazamos casi siempre en avión, simplemente materializándonos en otro lugar, sin disfrutar realmente del desplazamiento, vivimos los días de vacaciones con el agobio del inevitable countdown marcado por la fecha de nuestro regreso a casa…

Nos acompañan las prisas, pero no tiene porqué ser así.
¿Qué puede pasar si te vas por las calles, disfrutando de lo que tienes alrededor, sin un plan determinado?
Como mucho puedes quedarte con la sensación que de esa determinada ciudad te queda todavía mucho por ver.
No es lo que sentimos todos, de vuelta de un viaje?
Eso nos pasaría de todas formas.

Entonces concédete el lujo de sentarte en un banco, frente a la playa, o en una plaza llena de gente, mientras todo acontece delante de tus ojos.

En uno de mis muchos viajes a Venecia (no el primero: esa vez yo también quise comerme la ciudad de un bocado), me dediqué a perderme por las calles, fuera de la ruta habitual, esa bien indicada por unas clarísimas flechas que te persiguen…por si se te ocurre desviarte. Las mismas que te obligan a comer en Restaurantes carísimos o a comprar absurdos recuerdos que acabarás tirando a la basura.

No sabía muy bien dónde estaba, ya se acercaba la hora de comer y nos dejamos llevar por el olor que llegaba de la cocina de algún lugar cercano. Fué así como descubrí una trattoría cuya terraza no era otra cosa que la calle misma, poco más ancha que las mesas, pegada a unos de los muchos canales.
Nos sentamos y la gente que paseaba por allí tenía que pasar de lado entre nosotros y la pared del restaurante, la carta ofrecía lo que el dueño había encontrado en el mercado por la mañana, solo pudimos pedir el vino de la casa porque no había otra opción…pero en ese momento el sol acariciaba los geranios rojos de la barandilla, una góndola pasaba a mi lado, no tenía ninguna prisa de seguir camino y todo era absolutamente perfecto.

Eso sí: no tengo ni idea de cómo podría volver alguna vez a dar con ese lugar. Pero cada vez que pienso en Venecia, lo primero que viene a mi cabeza, no es la Plaza San Marco, ni el Ponte de Rialto, sino ese momento que he compartido con los 10 desconocidos que ocupaban las pocas mesas de esa Trattoria.

Un lujo muy barato y al alcance de todos aquellos que renuncian a las prisas y eligen el placer de observar, ver, escuchar, entender…y vivir un destino.

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Esta frase de Hermann Hesse (“Motivos para partir no faltan nunca” – El Viandante) se ha convertido para mí en una certeza desde que la leí hace ya unos 20 años atrás.
No sé si la necesidad de viajar es un instinto natural o nos viene luego, junto con la educación que recibimos. Es algo muy personal, conozco a gente que solo la sintió ya mayor y otras personas que no saben lo que es.

Yo, desde luego, me puse en marcha con la primera oportunidad que tuve. Todo explotó a raiz de mis primeros viajes en solitario. Necesidad de los estudios, que marcaron mi formación personal y profesional.

La experiencia de viajar nos cambia de forma más o menos profunda, pero no tiene porque ser siempre ‘el viaje de tu vida’: es suficiente un fin de semana en una capital européa o cualquier otro lugar que no hemos conocido con anterioridad.

Si tenemos un mínimo de curiosidad, cualquier viaje nos acaba aportando algo; algo muy personal, porque cada uno de nosotros vuelve con sus recuerdos particulares, diferentes incluso de los de las demás personas que estaban allí.

El placer que el viajar nos proporciona no es en función de la distancia que hay que recorrer para alcanzar el destino: son suficientes el interés. la paciencia (porque viajando SIEMPRE hay imprevistos) y la mente lo bastante abierta como para comprender que conocer otros lugares y otras persona es la mejor forma de conocer a uno mismo.

Sin embargo, cuando oragnizamos una escapada o un viaje largo, necesitamos informaciones y datos más concretos. Empezando por respuestas a preguntas como:
¿Cómo puedo elegir el destino? ¿es buena elección para la época del año en la que puedo viajar? ¿encaja con mi presupuesto?

Conceptos definitivamente meno poeticos, pero fundamentales y difíciles de aclarar sin la ayuda de amigos que hayan estado con anterioridad.
Hace un par de años encontré ese grupo de amigos, que comparten mi misma pasión, la idea del viaje como experiencia y aula al aire libre y, sobre todo la vocación a faciltar la complicada tarea de organizar un viaje. Y, más aun, el deseo de que todo viaje acabe con historias que merezcan la pena ser contadas a la vuelta a casa.

De ese encuentro ha nacido mi participación en un proyecto enriquecedor y complicado a la vez.
Ha empezado para mi un viaje más.

En el fondo todos somos verdaderos viajeros.

“Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten
Por partir; corazones ligeros, semejantes a los globos,
De su fatalidad jamás ellos se apartan,
Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!”

(El viaje, Ch. Baudelaire)

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El turismo es una fuente de ingresos muy importante para el crecimiento y desarrollo de la economía de un país, sin embargo puede provocar un impacto socioeconómico, ambiental y cultural negativo para la sociedad que le recibe.

Cada día se escucha más el concepto de turismo responsable o sostenible. Se trata de un turismo que se desarrolla en el respeto del ambiente y de las culturas, y actúa basándose en principios de justicia social y económica.

El verdadero protagonista del turismo responsable es la comunidad local, no el viajero que la visita.
Estoy convencida que no existe el viajero ‘malo’ sino que el verdadero problema son los viajeros que no están informados.

Trabajando más de 7 meses en los Cayos del Norte de la isla de Cuba, por ejemplo, tuve que enfrentarme con muchas situaciones desagradables que, con muy pocas normas, se podrían facilmente evitar.

Ser un turista responsable no es sinónimo de sufrir, viajar incómodo, comer fatal o…incluso, hacerse cargo de todas las desgracias del mundo!!!

Puedes ser responsable y disfrutar de unas vacaciones maravillosas.

Aquí van unos pocos consejos para viajar sin dejar huellas. Recomendaciones para un turismo sostenible.

ANTES DEL VIAJE:

  • Busca toda la información que puedas sobre el País que visitarás: Historia cultura, economía, naturaleza, religión, comida…No me digas que no tenemos bastantes fuentes para ello!! Si te gusta aprender idiomas, no estaría demás hacerte con algunas expresiones básicas.
  • Siempre que sea posible, busca Tour Operadores y hotels que operan en el respeto de la comunidad y del medioambiente.

EN EL VIAJE:

  • Siempre que tus vacaciones sean un encuentro con culturas diferentes (casi siempre lo son, aunque te quedes en tu propio País), intenta adaptarte a las costumbres del lugar, sin imponer las tuyas.
  • Que hayas pagado (a veces mucho) para realizar tu viaje, no te da derecho a ofender o ser arrogante. Infórmate bien sobre las costumbres, como las propinas, etc.
  • La ropa: si visitas algún lugar sagrado, respétalo. No presumas de ropa y de tus posibilidades si contrasta mucho con el tenor de vida del lugar.
  • Souvenirs: si apoyas el artesanato y los productos locales, te llavarás recuerdos preciosos con la tranquilidad de haber ayudado el pueblo que has visitado. Antes de regatear, infórmate de las costumbres.
  • Siempre que puedas, utiliza los servicios (restaurantes, transportes, etc) gestionados por la gente de allí: esto te permitirá de conocerles mejor y contribuir a su bienestar económico.
  • Que tus huellas solo sean buenos recuerdos: nada de pinturas, escritas, basura. No recojas nada del los sitios arqueológicos o perjudicial para la naturaleza, solo para llevarte un recuedo original. No compres productos elaborados con plantas o animales en riesgo de estinción.
  • Cuidado con las zonas protegidas: no te alejes de los caminos marcados, para no molestar a los animales o estropear a las plantas. Mejor si las visitas en pequeños grupos y acompañados por algún guía del lugar.
  • Como en tu casa, cierra los grifos y apaga luces y aire acondicionado antes de salir de una habitación.
  • Si quieres tomar una foto a alguien, recuerda que las personas no son parte del paisaje y no sobra pedir permiso para hacerlo.
  • Disfruta de la comida con curiosidad y no busques tus platos habituales: para eso tienes todo el resto del año. No puedo olvidar lo molestos que estaban los turistas italianos en Cuba, en la época de Navidad, porque los ‘panettoni’ se quedaron bloqueados en aduana y llegaron solo para Nochevieja :(
  • Nunca olvides que NO existen pueblos orientados a la prostitución. Que el consentimiento por parte de los menores no es relevante. Que las familias, la policía y los trabajadores de los Hoteles la encubran y favorezcan no es excusa.

DE VUELTA:

  • Reflexiona sobre lo que has vivido y conocido: si te has comprometido en enviar fotos, postales o algún pequeño favor, NO LO OLVIDES.
  • Si te has chocado con situaciones graves o intolerables, siempre tienes la opción de denunciarlas.

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