Este verano he estado viajando hacia Italia de una forma algo diferente: en lugar de subirme a un avión en Madrid y dejar que fueran a buscarme al aeropuerto de Bolonia o Venecia, he preferido organizar una ruta en coche y disfrutar de la carretera.

Mirar desde la ventanilla, ver pasar los kilómetros debajo de tí: no hay comparación.

Aunque a la ida el clima no nos haya acompañado demasiado, el viaje ha sido una suma de descubrimientos: no me refiero solo a paisajes, pueblos, idoma y gastronomía. Viajar te permite descubrir también cosas de ti mismo que todavía no sabías, y facetas de tus acompañantes (positivas y negativas): es una forma más de convivir.

No voy a contar aquí la ruta, ni daré sugerencias sobre lo que habría que ver en el camino entre Madrid y Ferrara. Solo me gustaría recoradr algunos rincones que me han robado el corazón…a veces han sido espacios muy grandes, o pueblos enteros. Otras veces han sido pequeños mundos dentro de otros más grandes o, incluso esquinas, imágenes que he robado en alguna foto, contrastes de colores.

 

Comenzaré con un lugar que descubrimos ya en la ruta de vuelta. Nada más cruzar el paso de Monginevro (entre Italia y Francia), paramos a visitar Briançon: se nos escapó a la ida, porque nos habíamos retrasado en Savines-le-lac (otra joya) y no teníamos pensado pasar de largo en esta ocasión.

Una idea muy acertada, desde luego.

Briançon es la segunda ciudad más alta de Europa (1.350 metros) y se divide en dos partes: la ciudad fortificada y la parte más moderna, repleta de Hoteles de la estación de esquí.

Estuvimos visitando solo la primera y ha sido toda una sorpresa: he colgado aquí algunas fotos. Las pequeñas tiendas son las que más me llamaron la atención…y una entre todas.

Se trata de una tienda de juguetes ‘Jouons au bois’. Entras y es como volver a otra época, cuando los juguetes eran principalmente de madera y pocos materiales más. Es la tienda perfecta para ese lugar tan especial.

 

No pude evitar comprar algunas cosas y eso me dió la oportunidad de charlar con la dueña (Briançon queda tan cerca de Italia y recibe tantos turistas italianos, que casi todo el mundo allí es capaz de conversar en italiano):
casi todos los productos son de producción local y los que no lo son, los compra a empresas de Tailandia que participan en proyectos de ayuda. Me explica que hay empresa que invierten un porcentaje de lo que ganan de la venta de juguetes en escuelas para los hijos de sus empleados.

Cuando llega el momento de pagar, me dice que no tiene bolsas de plástico ni de papel: solo puedo comprar una bolsa de tela si lo quiero. En esa tienda no venden ni utilizan ningún producto que sea de uso único, es decir solo venden objetos que se puedan volver a utilizar muchas veces. Mis compras me las llevé envueltas en papel reciclado.

Reconozco que esa visita a un pueblo perdido en los Alpes, me hizo reflexionar mucho sobre lo que cada uno podemos hacer para mejorar la relación que tenemos con nuestro planeta. A veces son pequeños gestos, que no nos suponen demasiado esfuerzo. En otros casos pueden convertirse en una filosofía de vida.

“Es una cuestión de disciplina, – me decía más tarde el principito -. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta.” (Cap. V)

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Cuando vivía en el centro de Madrid, hace unos 5 años, me encantaba perderme por las calles que están detrás de la Plaza de la Villa y bajar hasta la Latina. Un mundo que tiene dos caras: una diurna y una nocturna.

Otra zona, entre muchas, que tiene un encanto special es Malasaña: cada vez que vuelvo (y eso suele ser muchas menos veces de las que me gustaría) descubro algún rincón que no conocía.

Es lo que me pasó hace muy poco: en la calle Espíritu Santo he dado con un lugar precioso: el Lolina Vintage Café.

Se trata de un lugar decorado con muebles originales de los años ’50, ’60 y ’70 (incluidos una television auténtica de 1962 o una radio de finales de los ’50). Sus paredes están decoradas con papeles pintados de la misma época y le dan ese aspecto encantador de las casitas de muñecas…tan bonito que paseando por la calle no he podido evitar de entrar a curiosear y sacar unas fotos (aquí dejo una, aunque no sea muy buena :( )

Es uno de esos lugares en los que te sientes genial desde que entras y que te cuesta dejar: te cuidan desde el Desayuno que puedes elegir entre muchas opciones y puedes comer al mediodía o cenar (una ensalada o algunas de sus tostas…incluso tienen alguna especialidad francesa).
Si lo tuyo es la merienda, encontrarás aquí un espacio relajante donde tomarte tés o nfusiones: te costará mucho elegir entre el gran surtido, traido desde California O_o

Lo que he podido leer durante mi incursión, es que, entrada ya la noche, puedes disfrutar de unos fantásticos mojito….en la página del Lolina dicen que las chicas los preparan siguiendo la receta original de La Floridita (en La Habana)…y eso no me ha dejado indiferente (qué de recuerdos!!).

La parte de abajo de el Lolina tiene un saloncito con sofás y butacas donde, además de pasar las tardes superagusto descansando y hablando, los jueves, viernes y sábados se organizan animados guateques.
La salita de guateque tiene una cabina donde vienen diferentes djs a pinchar música ye-ye mientras en una auténtica barra de finales de los 60 se sirven copichuelas.

Esto también lo puedes leer en la web, donde explican como puedes reservar esta salita para una fiesta de Cumpleaños: una buena idea, no?

La verdad es que tengo muchas ganas de volver y probar alguna de las especialidades disfrutando de ese ambiente que tanto me ha impactado. Cuando vaya pondré algún comentario en este mismo post.

Aquí algunas opiniones.

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