Los que odiamos el invierno, el frío y el atardecer a las 6 de la tarde, no paramos de buscar alguna ventaja de esta época del año a la que nos podamos agarrar para conseguir llegar hasta la Primavera.

Yo, por ejemplo (descartando ideas imposibles como venderlo todo y montar un chiringuito en alguna playa caribeña), solo he encontrado una cosa que realmente me gusta del invierno: la Navidad!

Sé que con esto me estoy ganando varios enemigos…pero no lo puedo evitar. La celebración de la Navidad es para mi la suma de muchas cosas:
no voy a entrar en tema de crehencias, porque desde muy pequeña he aprendido a no hablar de religión, de política, ni de fútbol si no quiero meterme en líos…y no quiero.

He empezado a viajar sola antes de acabar el instituto y por mucho que esté acostumbrada a estar lejos de casa, son muchas las cosas de familia que llevo en mi equipaje. Entre ellas, algunas tradiciones que me gustaría mantener siempre que pueda.
Entonces es así que en Pascuas hacemos huevos duros y los pintamos, para luego jugar a quién tiene el más resistente, que en Nochevieja añadimos un poquito de lentejas al menú, para que nos traigan bienestar en el nuevo año, que nunca tiramos pan a la basura antes de darle un beso (porque el pan es el alimento más preciado)…
Y luego está la Navidad, que para mí comienza en el puente del 8 de diciembre, cuando, por tradición, decoramos la casa.

Cuando era niña, mi momento preferido era, sin duda, la mañana de Navidad, cuando bajaba corriendo las escaleras que desde los dormitorios llevaban al piso de abajo. Allí, debajo del árbol, esperaba encontrar los regalos y aun ahora, me lo paso en grande viendo las caras de los demás y esa emoción que, lo admitamos o no, sentimos al abrir un paquete!

Tras el verano de mi primera temporada como animadora en un club de vacaciones de Sicilia (hablo de hace unos cuantos años :( …), me asignaron a Cayo Guillermo, en Cuba: lo recuerdo como un gran año, porque eso significó (entre muchas otras cosas), vivir 3 veranos seguidos, puesto que volví de Cuba en Mayo, justo cuando iba a empezar el buen clima en Italia.

Lo único raro de esa experiencia fue celebrar la Navidad en bañador y comiendo arroz con camarones, ropa vieja con yuca y chicharritas!!
También resultó curioso ese Papá Noel sudando en su traje entre las palmeras…pobrecillo!

Otra cosa fue estar en Salzburgo en la época del Adviento: en las zonas de habla alemana, especialmente, se organizan unos mercadillos de Navidad que nada tienen que ver con el mercadillo de la Plaza Mayor de Madrid (por ejemplo). Siempre me he preguntado de dónde viene esa curiosa tradición madrileña de comprar pelucas y gorros raros para lucirlos en las calles del centro…

Los mercadillos navideños de la tradición alemana (que llegan hasta Austria, el norte de Italia y otras zona del norte de Europa) son verdaderas obras de arte, con productos artesanos de decoración y gastronomía. Algo que los amantes de la Navidad tiene que ver una vez en la vida. Impresionantes.

Aquí dejo unas sugerencia, para todos aquellos que disfrutan preparando una Navidad especial:

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